Viktor Volkov
El olor a sangre impregnaba el aire del sótano. Era un aroma metálico y denso que se mezclaba con el hedor del sudor y el miedo. Las paredes de piedra apenas reflejaban la luz tenue de una lámpara colgada en el techo, proyectando sombras alargadas en el suelo de cemento. En el centro de la habitación, atado a una silla de acero, estaba el desgraciado que habíamos capturado antes de escapar de la emboscada.
Estaba desnudo, su piel cubierta de hematomas y cortes superficiales que a