Capítulo 120
Con la curiosidad a flor de piel, pero con una cautela nacida del presentimiento, me acerco al altar con paso lento y calmado. No hay prisa, ya no. El peso en mi alma ha alterado mi percepción del tiempo, cada segundo se estira y se dilata, permitiéndome saborear la atmósfera enrarecida del lugar. Mis ojos, cual detectives del pasado, escudriñan los grabados de la piedra, intentando descifrar los secretos que encierran. Descubro con fascinación que son dibujos que narran la historia de un druida
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