Si no fuera porque le urgía que Lorena no se recuperara tan rápido y se fuera derechito al hoyo, Teresa ni se habría molestado en ir al hospital.
Ese ramito tan bonito que llevaba tenía truco. Cada flor hacía algo distinto: una soltaba un aroma que podía provocar asma y agitación; otra mantenía el cuerpo en un estado tan acelerado que impedía dormir; y la última tenía un perfume que mareaba a cualquiera.
A alguien sano no le harían nada, nomás olerían rico. Pero alguien que trae los pulmones y e