Después de conseguir su número, César no insistió más y la dejó irse.
Perla abrió la puerta y, para su sorpresa, no solo William la estaba esperando, sino también varios miembros de la familia Piccolo, incluido el mismo don Bernardo.
—Ay, Perla, ¡qué belleza de muñeca! —dijo Bianca, acercándose con una sonrisa falsa.
—¡Y madre mía qué cuerpazo! Ese vestido rojo te queda increíble, tan elegante y tan llamativo.
Se inclinó un poco, intentando agarrar el brazo de Perla. Pero Perla se puso d