Perla no era de esas personas mala clases que aprovechaban para humillar a alguien en frente de todos. Y menos a una persona como Natalia, que para ella no significaba nada. Natalia miró a Perla, y su sonrisa se esfumó. Su expresión se volvió extraña, como si estuviera pensando mucho en algo. Al final, asintió de manera rígida sin decir nada.
—Mi nieta es buena en todo, pero es demasiado traviesa —dijo don Bernardo, sin rodeos.
—William, ya que estás en Puerto Mar, ayúdame a guiarla un poco.