El sol apenas asomaba entre los campos cuando Selene se alistó. Se puso su blusa blanca bordada a mano, los aretes de plata que le había regalado su madre cuando cumplió quince años, y se peinó la trenza con flores de bugambilia frescas, tal como su abuela lo hacía en los días importantes. Su mirada estaba decidida, sus manos firmes, su corazón latiendo con fuerza, no de miedo, sino de determinación.
Hoy no solo era la inauguración de la primera feria rural organizada por mujeres en el pueblo.