El amanecer no rugía; se deslizaba con calma sobre el rancho, como si también quisiera tomarse su tiempo. El canto de los gallos se mezclaba con los primeros ruidos de la cocina, y el vapor del café se escapaba por la ventana abierta, envolviendo el aire con olor a hogar.
Selene salió al porche descalza, con la taza entre las manos y el cabello todavía enredado por el sueño. No traía maquillaje, ni prisas. Solo traía paz. Por primera vez en mucho tiempo, amanecía sin miedo, sin excusas, sin esc