El cielo parecía querer desplomarse esa tarde. Como si también sintiera el peso de los días pasados en la ciudad, de las palabras que se dijeron y que habían dolido, de los silencios que eran mas ruidosos entre ellos que cualquier grito.
La tormenta no pidió permiso para entrar. Llegó con truenos que hacían temblar las ventanas del pueblo y ráfagas de viento que silbaban entre los mezquites. La tierra se empapaba sin tregua, y los caminos de terracería ya eran más lodo que camino. A lo lejos, l