La cabaña de Alexander se había vuelto más silenciosa que nunca. No era el silencio del descanso ni de la calma, sino ese tipo de vacío que se instala cuando ya no quedan palabras por decir, ni personas a quienes decírselas. El eco del evento literario aún resonaba en su mente. La imagen de Luciana, firme frente a él, marcaba la línea entre el pasado y lo que vendría.
No había firmado el contrato. Aún estaba sobre la mesa, sin tocar, como una tentación o un insulto. Se había limitado a existir,