El sol comenzaba a ocultarse cuando Luciana se acomodó en el sofá de la biblioteca, con una taza de café entre las manos. Habían pasado solo unas horas desde su regreso a la mansión, pero todo se sentía diferente.
Estaba aquí porque había elegido estarlo.
Porque, por primera vez en su vida, no tenía miedo de quedarse.
Alexander estaba sentado en su escritorio, repasando unos manuscritos, pero Luciana notó que su concentración estaba en cualquier lugar menos en el papel frente a él.
—Deja