El coche negro se adentró en un barrio industrial abandonado, lejos del bullicio familiar de la ciudad. Podía ver el óxido carcomiendo las estructuras metálicas de los edificios desolados, y el aire olía a polvo y olvido. Finalmente, con un último traqueteo, se detuvo frente a un almacén destartalado con las ventanas tapiadas como ojos ciegos. El chofer apagó el motor, el silencio repentino aún más ominoso que el rugido del motor. Con un gesto seco, me indicó que saliera. Sofía ya estaba fuera,