El rojo del vestido de Clara era un faro incandescente en la penumbra sofisticada del salón, atrayendo y repeliendo mi mirada al mismo tiempo. Verla allí, tan cerca y a la vez tan distante, con Andrés inclinado hacia ella como si compartieran un secreto inconfesable, era como si alguien me hubiera asestado un golpe seco en el pecho. La respiración se me atascó en la garganta y la copa en mi mano comenzó a temblar, las gotas de whisky amenazando con derramarse. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Por