Hay una diferencia fundamental entre una obra nueva y una que ha sobrevivido al tiempo. La obra nueva brilla con una arrogancia chillona, presumiendo de colores que aún no conocen la fatiga. Pero la obra que ha pasado por el fuego, por el olvido y por la restauración, posee algo que los italianos llaman morbidezza: una suavidad ganada a pulso, una profundidad que solo surge cuando las capas de dolor se han vuelto transparentes bajo la luz de la aceptación.
Hoy, mi taller en San Pedro de Macorí