El auto se deslizaba por la carretera, la ciudad quedando atrás en un borrón de luces. La adrenalina seguía corriendo por sus venas, pero el único fuego que Aitana sentía ahora era el que ardía dentro de ella.
Iván no decía nada, pero su respiración era pesada, su agarre en el volante tenso. El beso que compartieron en el auto había sido un incendio que ninguno había apagado, solo postergado.
Cuando dobló por una carretera secundaria y se adentró en un viejo motel de las afueras, Aitana supo lo