Aitana, nada más llegar, se giró lentamente para enfrentar su mirada, su expresión era cuidadosamente calculada entre curiosidad y desafío.
—¿Siempre traes a desconocidas aquí? —preguntó con una sonrisa coqueta.
Sokolov la observó con una mezcla de diversión y sospecha.
—No, muñeca. Tú eres especial. Y quiero saber por qué.
Aitana sabía que cada palabra que dijera debía ser precisa. Sokolov era un depredador, y si detectaba el más mínimo rastro de mentira o miedo, todo se vendría abajo.
Así que