El jet privado de Joe había tocado tierra en Teterboro, NJ, apenas un suspiro después del mediodía del sábado. Nueva York, la Gran Manzana, se alzaba ante Abigaíl como un espectro de su antigua vida, pero ahora la sentía distinta: ya no era el escenario de su dolorosa farsa matrimonial, sino un lienzo para un futuro que estaban pintando juntos.
A pesar de la calidez con la que Estela se había ofrecido a recibirlos en su apartamento de Upper East Side, ellos decidieron quedarse en uno que Joe ha