Era una gran incertidumbre en aquella habitación de un hospital privado, donde el ambiente era pesado y las paredes blancas parecían encerrar la angustia que la familia Langford sentía. El corredor estaba lleno de murmullos, llantos contenidos y miradas desesperadas. Lorenza, usualmente una mujer fuerte y digna, estaba rota, sentada en una silla al final del pasillo, con la mirada perdida. No podía contener sus lágrimas, ni siquiera frente a sus hijos.
Los doctores habían salido hacía apenas un