El día había llegado. El cielo sobre la finca Langford se vestía de un gris pesado, como si la misma naturaleza compartiera el dolor de la familia. La niebla se aferraba a los viñedos, deslizándose entre las vides, mientras una procesión silenciosa se dirigía hacia la colina más alta de la propiedad, donde se encontraba el mausoleo familiar.
El mausoleo de los Langford era imponente, de mármol blanco, con columnas clásicas que se alzaban como centinelas guardianes. Las puertas de hierro forjado