Mundo ficciónIniciar sesiónSu teléfono tenía doscientas cuarenta y siete notificaciones cuando lo desbloqueó. El número siguió subiendo mientras lo miraba. Tardó unos segundos en entender lo que estaba viendo, porque el cerebro tiene esa cortesía brutal de protegerte un instante antes de entregarte la verdad completa.
El video duraba cuarenta y siete segundos. Estaba editado con precisión: la silueta de Ximena cruzando una puerta entreabierta, el vestido blanco inconfundible, un abrazo que desde ese ángulo parecía buscado, un beso que desde ese ángulo no dejaba nada a la imaginación. No mostraba la copa de vino tinto ajena sobre la mesa. No mostraba la expresión de él cuando la apartó. No mostraba nada que pudiera complicar la narrativa que alguien había decidido construir.
Debajo, entre los miles de comentarios, el primero con más reacciones era de la cuenta verificada de Renata Del Castillo: «Siempre supe que algo no estaba bien. Merece saberlo todo.» Cuatrocientas mil interacciones. El número seguía subiendo.
Su padre llamó a las siete cuarenta y dos. No preguntó cómo estaba.
—No hables con nadie —dijo Arturo Baeza antes de que ella pudiera abrir la boca—. Los abogados ya están trabajando. Quédate en la habitación.
—Papá —empezó ella.
—Esto puede destruir todo lo que hemos construido, Ximena. Todo. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Lo entendía perfectamente. Había entendido toda su vida lo que su padre le decía cuando hablaba de «todo lo que hemos construido». Y por primera vez en veintiocho años, entendió también que ella no estaba incluida en ese todo.
El mensaje de Gael llegó veinte minutos después. Era breve. Sin saludo, sin las construcciones que usa la gente cuando quiere parecer que lamenta algo: «Cancelé el compromiso. Esto es tuyo.» Ximena lo leyó dos veces. Luego abrió la televisión y encontró su propio rostro en tres noticieros simultáneamente. En uno usaban la foto del compromiso de la noche anterior. En otro tenían a Renata en una entrevista en vivo, con los ojos húmedos y la voz rota, describiendo una traición que nunca ocurrió.
Ximena apagó la televisión. Fue al baño, abrió la ducha, se metió vestida. Y lloró. Una vez, con toda la energía que lleva contenida la rabia cuando encuentra el momento exacto para convertirse en otra cosa. Lloró el tiempo justo. Luego cerró la llave, se vistió, se puso los aretes de perla, y bajó al lobby con la espalda recta.
Los periodistas ya cubrían la entrada. Ximena calculó que tenía cuatro segundos antes de que los flashes comenzaran. Levantó la barbilla. Dio el primer paso.
Una mano se cerró sobre su brazo desde atrás. Firme. Sin brusquedad.
Se giró. El hombre de la villa la miraba con la misma expresión de la noche anterior, esa concentración quieta que no era calidez pero tampoco era hostilidad. Llevaba una camisa oscura sin corbata. No parecía alguien que hubiera dormido mal. Parecía alguien que había estado esperando que esto ocurriera.
—Sígueme —dijo en voz baja—. Y no mires las cámaras.
No era una petición. No era exactamente una orden. Era algo entre las dos cosas, formulado con la economía de alguien que no repite lo que dice. Y Ximena, que llevaba toda la mañana escuchando instrucciones de personas que se protegían a sí mismas, lo siguió.







