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La arena de Los Cabos todavía estaba caliente bajo sus pies descalzos cuando Ximena decidió que no iba a llorar. Llevaba los tacones en la mano derecha y la botella de Don Julio 1942 en la izquierda, y el vestido blanco acumulaba playa en su dobladillo con cada paso, y nada de eso le importaba. Lo que sí le importaba era la manera en que la mano de Gael se había cerrado sobre la cintura de Renata con esa familiaridad de quien conoce perfectamente dónde apoyar los dedos.

Dio la vuelta hacia el ala norte del hotel por la entrada lateral que había visto esa tarde. La puerta de madera oscura cedió sin resistencia. El corredor olía a piedra volcánica y aire acondicionado, y Ximena avanzó por él con la certeza de quien sabe exactamente adónde va.

No sabía adónde iba.

Lo que pensaba que era el corredor hacia la suite de Gael resultó ser otro pasillo, más angosto, que terminaba en una puerta entreabierta. Desde adentro llegaba música, un jazz tranquilo que no encajaba con la rabia que le pulsaba en las sienes. Ximena empujó la puerta.

La habitación estaba en penumbra. Una copa de vino tinto a medio terminar sobre la mesa. El olor a madera oscura y algo caro que no supo identificar. Oyó pasos que venían del corredor interior y se giró, y en ese momento toda la rabia organizada de la última hora le subió por el pecho y salió convertida en movimiento: cruzó la habitación, tomó al hombre por el cuello de la camisa con ambas manos, y lo besó.

No fue un beso delicado. Fue el tipo de beso que se da cuando ya no hay nada que proteger: con la boca abierta y dos años de preguntas sin respuesta convirtiéndose en presión, en calor, en algo que no encontraba categoría. Las manos de él no la apartaron. Por un momento que duró más de lo razonable, simplemente no la apartaron.

Luego sus palmas se cerraron sobre sus hombros con una calma absoluta y la separaron.

Se encendió una lámpara.

El hombre que tenía frente a ella no era Gael. Era más alto, con los hombros más anchos y una manera de estar de pie que no tenía nada que ver con la postura estudiada de su prometido. Sus ojos eran oscuros, casi negros bajo esa luz, y la miraban con la expresión de alguien que está resolviendo un problema. No había sorpresa en su cara. Eso fue lo primero que Ximena registró: que no había sorpresa.

—Equivocaste la villa —dijo él. Solo eso.

Ximena retiró sus manos del cuello de su camisa. La botella de tequila seguía en su mano izquierda. Sus tacones en la derecha. El vestido tenía arena en el dobladillo y ella tenía el labial corrido y el orgullo en un estado que prefería no examinar.

Lo miró. Él la miraba.

Y en los ojos oscuros de ese desconocido había algo que le cerró el estómago: él sabía quién era ella. No lo dijo. No hizo ningún gesto que lo confirmara. Pero estaba ahí, en la manera en que su mirada no se movió con sorpresa cuando la vio, en la ausencia total de la pregunta que cualquier extraño habría formulado.

Abrió la boca para decir algo que todavía no había terminado de construir. Y él simplemente esperó, con la paciencia de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y sabe que ella no.

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