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Le propuso matrimonio como quien pide el menú: sin emoción, sin rodeos, y sin darle realmente opción de decir que no.

La sala privada que Darien eligió estaba al fondo del ala de conferencias, lejos del lobby y de los periodistas con sus micrófonos y su hambre. Era una habitación sin ventanas al exterior, con una mesa larga de madera oscura y una cafetera que alguien había dejado encendida. Darien la condujo hasta ahí por un corredor que Ximena no conocía, sin apresurar el paso, sin mirar hacia atrás para verificar que ella lo seguía. Simplemente asumió que lo haría.

Pidió café con una llamada de dos palabras. Se sentó. Y sin ningún preámbulo le explicó, con la misma precisión desapasionada con que alguien revisa un contrato, exactamente lo que Gael había hecho: el asistente con la laptop entrando al corredor de las villas a las once cuarenta y cinco, el video circulando dos horas después, la agencia de comunicación de crisis en Ciudad de México que Gael tenía en marcación rápida.

—¿Por qué sabes eso? —preguntó ella.

—Porque lo vi hacer algo parecido hace cuatro años —respondió él—. Con consecuencias que entonces fueron mías.

Ximena lo escuchó con las manos planas sobre la mesa. No porque estuviera tranquila, sino porque este hombre hablaba sin rodeos y eso, en ese momento, era lo único que necesitaba. Cuando Darien terminó, sirvió las dos tazas de café sin preguntar si ella quería, y luego le explicó su posición: cuatro años fuera de Grupo Alcázar, construyendo en silencio, necesitando un movimiento de regreso que nadie pudiera ignorar.

—Un matrimonio con la heredera de Casa Baeza, anunciado hoy, sería exactamente eso —dijo.

Ximena lo estudió. Buscó la fisura que siempre existe en las personas que piden algo mientras fingen no pedirlo. No la encontró.

—No te estoy pidiendo que me ames —dijo él, con la misma neutralidad con que había pedido el café—. Te estoy ofreciendo una salida y una plataforma. Lo que hagas con eso depende de ti.

—¿Por qué yo? —preguntó finalmente.

Darien la miró un momento antes de responder, y en ese momento Ximena tuvo la certeza incómoda de que la respuesta ya estaba construida desde antes de que ella llegara a esa sala.

—Porque eres la única persona en esta historia que no estaba mintiendo anoche.

Salieron juntos por la entrada principal a las diez cuarenta y tres. Los periodistas se reorganizaron al verlos. Darien habló durante noventa segundos: el video era falso, habría evidencia, y luego la frase que esa tarde generaría doscientas mil menciones en todas las plataformas del país:

«Si quieren culparla por besar al hermano equivocado… deberían preocuparse más por el hecho de que ahora será mi esposa.»

A su lado, Ximena no dijo nada. No lo desmintió. Eso era lo único que importaba.

De regreso adentro, cuando la puerta se cerró y los periodistas ya no podían escucharlos, Ximena habló en voz baja sin girarse hacia él.

—Si me traicionas —dijo—, me aseguraré de que no quede nada de tu apellido.

Darien no respondió de inmediato. Sus pasos siguieron al mismo ritmo. Luego llegó: no una carcajada, no una respuesta defensiva. Algo más pequeño y más genuino. Una sonrisa breve, controlada, como si acabara de verificar algo que llevaba tiempo buscando.

—Ahí está —dijo.

Y no explicó qué era lo que había encontrado. No necesitaba hacerlo, y Ximena lo supo en el momento exacto en que entendió que eso, precisamente eso, era lo que más debería preocuparle de él.

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