Mundo ficciónIniciar sesiónLa casa de San Miguel de Allende no era lo que Ximena había imaginado. Había imaginado algo frío, calculado, decorado para impresionar, como todo lo que rodeaba a un Alcázar. Pero la propiedad de Darien tenía paredes de cantera rosa gastada por el tiempo, un jardín con jacarandas que nadie había podado con demasiado rigor, y una cocina que olía a café de la mañana y a algo más antiguo, a adobe caliente y madera de mezquite. Era la casa de alguien que vivía ahí de verdad, no de alguien que la exhibía.
Una mujer de unos sesenta años llamada Petra los recibió en la entrada con la sencillez de quien lleva suficientes años en una casa como para no impresionarse por nada. Le mostró a Ximena su habitación: espaciosa, con una ventana que daba al jardín y una cama cubierta con un textil de Oaxaca que no pegaba con nada y pegaba con todo. No era una habitación de hotel. Era una habitación de alguien que vivía.
Darien apareció en el umbral mientras Petra aún explicaba dónde estaban las toallas adicionales.
—El estudio al fondo del corredor es mío —dijo, sin saludar, sin contexto—. La biblioteca y la terraza son comunes. Desayunamos a las ocho si hay compromisos públicos ese día. Si no los hay, cada quien se arregla.
—¿Y las noches? —preguntó Ximena.
Él la miró un momento. La pregunta tenía al menos dos lecturas posibles y ambos lo sabían.
—Las noches —respondió— son tuyas.
Petra salió con la discreción de alguien que ha aprendido que hay momentos en que las habitaciones necesitan menos personas. El silencio que quedó entre Darien y Ximena no era incómodo. Era el tipo de silencio que ocurre cuando dos personas se están midiendo sin querer admitir que lo están haciendo.
Ximena se acercó a la ventana. El jardín tenía una fuente de cantera en el centro que goteaba en lugar de fluir, y las jacarandas habían dejado un manto morado sobre los adoquines que nadie había barrido esa mañana. Era el tipo de detalle que te dice cómo vive alguien cuando no hay nadie mirando.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó sin girarse.
—Cuatro años.
—¿Solo?
Una pausa. No larga, pero suficiente para que tuviera peso.
—Con Petra —dijo él.
Era una respuesta que no respondía nada, y Ximena lo dejó pasar porque había preguntas para las que todavía no tenía el vocabulario correcto. Se giró. Darien seguía en el umbral, con un hombro apoyado en el marco de la puerta y los brazos cruzados con esa calma suya que no era indiferencia sino otra cosa, algo más parecido a la contención de alguien que ha aprendido a administrar lo que siente.
La miraba de la manera en que uno mira algo que reconoce pero no termina de ubicar.
—Mañana tenemos el primer evento público —dijo finalmente—. Una cena en Ciudad de México. Necesito que estés lista a las seis.
—Estaré lista —respondió ella.
Él asintió. Se apartó del umbral para marcharse y Ximena notó, justo antes de que desapareciera por el corredor, que no había cerrado la puerta al salir. La había dejado entornada. Un centímetro. Quizás menos.
Quizás fue descuido. Quizás no.
Alas once de la noche, Ximena seguía despierta. Había revisado sus mensajes sin leer —cuarenta y dos de personas que hasta ayer eran sus contactos y hoy estaban tanteando el terreno para saber en qué bando convenía estar—, había intentado leer un libro de la biblioteca sin pasar de la tercera página, y había terminado sentada en la terraza con una manta sobre los hombros y el silencio de San Miguel envolviéndola como algo físico.
Escuchó sus pasos antes de verlo. Darien salió a la terraza con dos tazas, dejó una sobre la mesa junto a ella sin preguntar si la quería, y se sentó en el extremo opuesto de la banca de piedra. No dijo nada. El café estaba cargado y sin azúcar, que era exactamente como ella lo tomaba, y no le preguntó cómo lo sabía porque había preguntas para las que todavía no estaba lista para escuchar la respuesta.
Permanecieron así un tiempo que ninguno de los dos midió, mirando el jardín en penumbra, con el goteo de la fuente como único sonido y el olor a jacaranda mezclándose con el del café. No era una escena romántica. Era algo más extraño y más difícil de nombrar: dos personas sentadas en el mismo silencio sin necesitar llenarlo.
Cuando Darien se levantó para entrar, Ximena habló sin pensar.
—¿Cómo sabías cómo tomo el café?
Él se detuvo con la taza en la mano. La miró un momento desde arriba, con esa expresión suya que nunca terminaba de revelar qué estaba calculando.
—No lo sabía —dijo—. Así lo tomo yo.
Entró sin añadir nada más. Ximena se quedó mirando su propia taza en la oscuridad, y algo en su pecho se apretó de una manera que prefirió no examinar demasiado de cerca.
Lo que no supo fue que Darien se detuvo justo al otro lado de la puerta de cristal y se quedó ahí un momento, con la espalda apoyada en el marco y los ojos cerrados, administrando algo que llevaba cuatro años sin necesitar administrar.
Sí sabía cómo tomaba ella el café. Lo había recordado desde Valle de Guadalupe, de la manera en que lo había pedido esa tarde sin azúcar y sin leche, con la certeza de alguien que sabe exactamente lo que quiere.
No iba a decirlo. No todavía. Quizás nunca.
Pero el hecho de que ella estuviera al otro lado de esa puerta, en su terraza, con su café, en su casa, era la cosa más cercana a un problema real que Darien Alcázar había tenido en cuatro años.







