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El licenciado Fuentes llegó a las seis de la tarde con el traje planchado de quien viajó sabiendo que lo iban a observar. No era un mensajero. Era un testigo.

Ximena lo notó desde que cruzó el umbral de la casa de San Miguel: la manera en que sus ojos recorrieron la sala antes de acomodar el maletín sobre la mesa, la forma en que saludó a Darien con la deferencia exacta de alguien que no está del todo seguro a quién le debe lealta

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