El amanecer se filtró por las cortinas como un intruso, iluminando la habitación que compartía con Adrián. Él ya no estaba a mi lado. La cama, fría en su mitad, me recordaba que llevábamos tres días evitándonos como si fuéramos fantasmas habitando la misma casa.
Me incorporé lentamente, sintiendo el peso de lo no dicho sobre mis hombros. Desde aquella noche en que descubrí su verdadera naturaleza, algo había cambiado entre nosotros. No era solo miedo lo que sentía; era una mezcla perturbadora d