Capítulo extra 2 – La jaula dorada.
El dolor en la nuca fue lo primero que regresó, un latido sordo y constante que le recordaba que seguía viva. Después vino el olor: cuero viejo, humo de leña y algo metálico, como sangre seca. Oriana abrió los ojos con lentitud. Estaba sentada en una butaca de terciopelo oscuro, las muñecas atadas a los reposabrazos con una cuerda de seda negra que no cortaba la piel, pero que tampoco cedía un milímetro.
Frente a ella, una chimenea crepitaba. El salón era enorme