El silencio en el salón se volvió tan espeso que podía cortarse con un cuchillo. Todos los ancianos, hombres y mujeres de distintas manadas, fijaron sus miradas en Elena. Sus pupilas, unas doradas, otras plateadas, unas más oscuras, centelleaban con expectación y cierto escepticismo.
Elena tragó saliva. El peso de tantas miradas la hacía sentir desnuda, vulnerable, pero al mismo tiempo entendía que era el momento de decir la verdad. Dio un paso al frente, con la barbilla erguida y el corazón go