El silencio en el vestíbulo del piso veinticuatro no era el habitual silencio corporativo; era esa calma pesada y densa que antecede a las grandes tormentas.
Juliana cruzó el pasillo principal marcando un paso firme y teatral. Lucía un traje sastre en tono marfil, impecablemente cortado, diseñado para transmitir la seguridad y el estatus que creía estar a punto de arrebatarle a Rebeca. Bajo el brazo sostenía la carpeta de cuero con las proyecciones impresas, y en la mano, un dispositivo USB con