El pasillo del tercer piso olía a antiséptico, a metal frío y a esa desesperación sorda que solo habita en las salas de espera de emergencias.
Armando no caminaba: deambulaba. Con la chaqueta del traje colgada del brazo, los puños de la camisa remangados y los ojos inyectados en sangre, interceptaba a cada médico que cruzaba por el corredor. Sus exigencias ya no eran las de un hombre de negocios implacable, sino los ruegos ahogados de un hombre que sentía cómo el suelo se le abría bajo los pies