Para el resto del mundo, Vanessa era el epítome de la perfección. La encarnación de la gracia, la riqueza y el éxito social. Sin embargo, detrás de las puertas de la imponente residencia de los de la Vega, la realidad se tejía con hilos mucho más delgados, afilados y asfixiantes.La casa de Vanessa no olía a pan recién horneado ni se llenaba con risas espontáneas. Olía a cera para muebles importados, a flores frescas cambiadas cada mañana por el personal de servicio y a un silencio gélido que solo se rompía por el tintineo de los cubiertos sobre la vajilla de porcelana.Aquella tarde, tras el desastroso enfrentamiento en el pasillo de la universidad, Vanessa se encontraba sentada frente al tocador de su habitación. Se miraba al espejo mientras su madre, Doña Victoria de la Vega, permanecía de pie a su espalda, observándola con una rigidez idéntica a la de Doña Elena. Victoria era una mujer de facciones endurecidas por el bótox y el orgullo, cuyos ojos nunca expresaban calidez, sino un
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