La sala de juntas quedó petrificada. Si el colapso de Juliana había sido un espectáculo desgarrador, la entrada de Maryorie fue un despliegue de absoluta maestría ejecutiva.
Caminó con la frente en alto, vestida con un traje sastre azul marino impecable. No miró a Juliana ni una sola vez; su objetivo era la gran mesa de caoba. Al llegar al estrado, conectó su propia memoria USB con una soltura que revelaba años de disciplina técnica. En cuestión de segundos, los gráficos distorsionados y los cá