No dormí. No podía. Cada vez que cerraba los ojos veía la sangre de Killian corriendo por el suelo del túnel, sus dedos fríos apretando los míos como si se estuviera despidiendo. Mamá me obligó a comer algo al amanecer, pero el pan sabía a ceniza. Me cambié la ropa manchada por una negra, práctica, con espacio para la katana y dos pistolas. El brazo me ardía donde la bala me había rozado, pero el dolor era bienvenido. Me recordaba que todavía estaba viva.
Antes de salir, entré al cuarto donde K