El reloj marcaba las cuatro y diecisiete de la madrugada cuando el sonido de la puerta del túnel secundario resonó en el sótano. Me levanté de golpe de la silla donde llevaba casi dos horas fingiendo leer. Killian, a mi lado en la cama de la torre, abrió los ojos al mismo tiempo. Su mano buscó instintivamente la pistola que había dejado sobre la mesita de noche.
—Son ellas —susurré, aunque el corazón me latía con fuerza.
Bajamos juntos, yo sosteniéndolo por la cintura para que no forzara la h