El crepúsculo tiñó el cielo de un rojo sangriento que parecía un mal presagio. Llevábamos dos días de preparativos frenéticos y el aire dentro de la fortaleza se había vuelto irrespirable. Cada rincón olía a metal. Los hombres de papá reforzaban las ventanas con tablones, Anya y Gia colocaban trampas en el perímetro, y mamá había enviado a los niños pequeños al amanecer con un convoy discreto hacia el interior. La casa se sentía más vacía, más fría. Como si ya estuviera preparándose para perder