El túnel parecía haberse vuelto más estrecho, más oscuro, como si las paredes se cerraran sobre nosotros para tragarnos vivos. Killian pesaba en mis brazos como si ya estuviera muerto. Su sangre caliente empapaba mi ropa, corría por mis manos, se metía entre mis dedos. No paraba. No importaba cuánta presión hiciera sobre la herida de su costado, seguía brotando.
—¡Killian! —grité,con la voz ronca, irreconocible—. ¡Quédate conmigo, maldita sea! ¡No te atrevas a cerrarlos!
Sus ojos se entreabrier