Las luces de los vehículos cortaron la oscuridad como cuchillos amarillos. Se detuvieron a unos trescientos metros de la verja principal, motores ronroneando como bestias a punto de atacar. Conté al menos seis camionetas blindadas. Sombras armadas bajaban de ellas, moviéndose con disciplina militar. Viktor no había venido a negociar. Había venido a acabar con nosotros.
Yo estaba en la torre principal, el rifle apoyado en el alféizar y la katana cruzada a mi espalda. El corazón me latía tan fuer