Andrei
—Lo logramos, lo logramos —murmuré mientras dejaba caer a Elise sobre la cama cubierta con sábanas de seda.
Mi esposa lucía tan pálida como siempre, pero con aquellas manchas de sangre que le esparcí por el cuerpo antes de curarme, lo estaba más.
—Es simplemente una obra de arte —murmuré—, pero sería un insulto fotografiar tanta belleza.
Extendí la mano izquierda.
El dedo ya no estaba ahí, pero no lo extrañaba. De hecho, ni siquiera sabía que estorbaba hasta que decidí arrancármelo. Ahor