No sé quién de los dos está más pálido. Siento como si mi corazón estuviera a punto de estallar por lo rápido que late, y ni hablar del de Luciano, que parece como si se fuera a salir de su pecho.
Luciano me tiene tomada de las manos, donde tengo el arma, mientras yo estoy encima de él. Por un momento, me pierdo en el color de sus ojos, y él aprovecha para tumbarme y quitarme el arma. Se sube encima de mí y coloca mis manos arriba de la cabeza.
-¡Estás loca, Angélica! - me grita, y veo que está