Estoy tomando un café en la sala con Mila, ya que ni Carlos ni Luciano se han despertado. Estaban tan borrachos que los guardaespaldas tuvieron que subirlos a las habitaciones.
—¿Crees que estén muertos? —dice Mila con algo de humor.
—Yo espero que no, porque no quiero que mi hijo se quede sin padre.
—Tal vez el ruso quiera ser padre de tu bendición.
Ambas estallamos en risa y le tiro un cojín a Mila.
—Que ni te escuche Luciano.
—Joder, me estoy muriendo.
Cuando volteamos, vemos a un Luciano tod