Regina jugó inquieta con el cinturón de seguridad que cruzaba su pecho mientras su vista se perdía en ocasiones entre los grandes edificios de esa ciudad capital, el lento tráfico vehicular y los peatones que esa mañana transitaban las calles.
—¿Qué tienes? — la voz ronca del rubio ojiazul la hizo voltear a verlo.
—¿Ah?... nada— respondió y le sonrió.
El rubio que apoyaba un brazo en la ventanilla del auto mientras la otra dirigía el vehículo, la vio de medio lado.
—No tienes por qué estar nerv