Valeria permanecía sentada, con las manos temblorosas sobre su vientre, sin dejar de mirar la puerta que daba acceso a la sala de cuidados intensivos. No podía creer que estuvieran en medio de esta situación, no podía creer que su pequeña Celeste ahora tenía que estar allí, detrás de esa puerta, luchando por su vida. A su lado, Enzo caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, con el rostro endurecido y los puños apretados.
La imagen de Celeste, envuelta en llamas, su llanto, su cuerpo