Enzo bajó del vehículo sin intercambiar palabras con sus hombres. Todos sabían perfectamente lo que debían hacer.
Frente a él, se encontraba la madriguera de Javier. Una vieja hacienda, escondida entre colinas, resguardada por árboles y una cerca oxidada. Lo habían localizado allí. No por mucho tiempo más.
Sus hombres ya estaban posicionados. Uno de ellos se acercó con paso rápido.
—Todo listo. Hay cinco guardias. Todos neutralizados. Sin bajas —informó.
Enzo asintió con un leve movimiento de