Cuando Enzo llegó al hospital, Eloísa ya había sido intervenida por el personal médico. La herida en su muñeca no había sido profunda, pero había perdido mucha sangre.
La mujer, con los ojos rojos por el llanto, le informó con voz temblorosa:
—El niño está bien.
Enzo estuvo a punto de replicar y decirle que desistiera ya con eso. Ambos sabían que no había ningún bebé y, de haberlo, no podía ser suyo.
—Eloísa…
—Nunca quise hacerle daño a él —llevó una mano a su vientre, acariciándolo con t