—No creas que dejaré que te vayas.
El hombre se puso de pie casi al instante. Colocó las manos en su cadera y la atrajo hacia sí, haciendo que sintiera su dureza.
Valeria se estremeció visiblemente.
Una mano apretó su seno por encima de su camisa marfil.
Quiso gemir.
Quiso dejarse llevar, pero recordó que no debía hacerlo.
Sin mediar más palabras, se soltó.
—Chao, Enzo —dijo antes de salir.
Valeria cerró la puerta de la sala de juntas, se acomodó el cabello y respiró hondo, tratand