Damián
—Dani, sabes que no puedes estar aquí todo el tiempo —me susurró Nora desde la puerta de la habitación. Otra vez me había quedado observando a Julieta dormir. Era inevitable. Ella no quería verme ni en pintura, y este era uno de los pocos momentos en que podía disfrutar de su presencia. Incluso después de haber pasado un par de días hospitalizada, Julieta parecía una bella durmiente: pacífica, hermosa, como esperando un beso que la despertara. Pero yo distaba mucho de ser ese príncipe s