Damián
Uno por uno, emergieron criaturas que no pertenecían al mundo natural. Sus cuerpos eran enormes; doce, tal vez catorce, cada uno recubierto por una capa de piedra que se espesaba y oscurecía. Tenían brazos como troncos arrancados de un bosque primitivo, manos enormes, capaces de pulverizar una casa entera, y piernas gruesas y pesadas que hundían el suelo con cada paso. Lo más inquietante eran sus cabezas: pequeñas, desproporcionadas, como si la criatura existiera para aplastar, no para p