Eva
—El papá del beta —musité, y el hombre sonrió. No tenía el encanto de Cachorrito, y, sin embargo, algo me decía que alguna vez lo tuvo. Había un aroma en el que quedaba, como si algo hubiera estado ahí y ahora solo quedara el rastro. La maldición ya no estaba en él, pero definitivamente había estado. El hombre se acercó y me extendió la mano.
—Severino Malaver, mi señora. Guerrero de Ciudad Ónix —se presentó, y le di mi mano. Él la tomó con delicadeza.
—¿Así que se vino a la ciudad con su h