Damián
—¡Alfa! ¡Nuestro alfa! —celebraba Octavio, encantado, casi cargándome cuando salí victorioso de esa carpa. Él estaba contento; yo, en éxtasis. No es que no tuviera fe en mis habilidades, en mis fortalezas, en mi lobo y en mi deseo de ganar, pero sabía que todo estaba en mi contra. Y es difícil nadar contra la corriente, contra el odio, contra la gente que piensa que eres menos, que no eres digno.
Pero no es imposible.
—Felicidades, alfa Damián. No sé por qué habrá pasado, pero debió ser