Damián
—¿Julieta? ¿Julieta? ¿Dónde estás? —fui corriendo por el bosque, sin rumbo fijo. Salía de la manada, la bordeaba, mientras Octavio y Severino iban detrás de mí.
—¡Alfa! ¡Alfa! —gritaban, pero apenas los escuchaba. La única voz que predominaba era esa voz femenina que me llamaba, que repetía mi nombre.
—¡Alfa, espere!
—Hay peligro, ven, alfa, ven —decía la voz, entrecortada, temblorosa. No sabía quién era, pero enloquecía a mi lobo. Corríamos en círculos, caíamos y volvíamos a levantarnos