Damian
La plaza de la manada me esperaba como el ojo de una tormenta: circular, empedrada, con las marcas del tiempo y las patas hundidas de mil encuentros. A primera hora, aquel hueco en el centro del pueblo era mercado y risas; ahora, bajo la luna que todavía se retiraba, la piedra nos aguardaba, atenta, expectante, como si deseara beber sangre.
La multitud formaba un anillo: guerreros resguardando, madres, hombres y mujeres, ancianos, gente de todas las edades que sostenían la respiración co