La agencia Fitzwilliam era un auténtico manicomio. El piso creativo y las oficinas ejecutivas vibraban con una energía frenética; los teléfonos no dejaban de sonar, los asistentes corrían de un lado a otro con carpetas, y el sonido de los teclados era un zumbido constante. La fecha límite para cerrar el trimestre se acercaba, y la presión era desquiciante.
En medio de ese trajín, en el silencio hermético del piso cuarenta, las puertas del despacho presidencial se abrieron. Peter ingresó con su